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Relación de invierno
Mis ojos de entonces bajaban por calles y avenidas
como queriendo quedarse en cada labio adivinado
o detenerse en extraños bares donde había copas
y música nocturna para emborracharnos sin prisa.
Siempre había un piano y un pobre cantautor
absurdo y roto de vino peleón manchado de ceniza
como un ala de mosca en punto de fuga temblando,
y miradas de niebla que nos preguntaban tantas preguntas
y manos que aferraban cigarrillos como salvavidas
y una dulce soledad de sabernos juntos aunque fuera falso.
Y Pablo Milanés desde el tocadiscos terminaba la tristeza
en la casa de cualquiera que proponia finalmente a las dos
la última conmigo y sabías que no era la última nunca
y el amanecer rompía la madrugada con rojo escarcha
cuando regresaba por aquellas calles con mis ojos de entonces
en inútiles años desplegados sin ruido a caballo de la esperanza
a contrapelo de otra cosa siempre era otra cosa siempre era después
mientras se ponía amarillo el libro de Gertrude Stein y Vallejo
estaba a punto de morirse en París con aguacero en noviembre
y nosotros dormíamos la muerte como sin cadenas como si...
El tiempo gris de mis ojos de entonces y tu mirada de luna
tu mirada de alba espuma canciones caldo caliente y acurrucado
en los dibujos de aquel jersey gris marengo de pura lana virgen
que terminó quemando con Marlboro el muchacho de ojos negros,
mientras tú dormías y despertabas luego para mí la mañana
recogiendo los pedazos sobrantes de la nostalgia sin cuentos
los cristalitos de hielo que se me iban perdiendo en la acera
las huidas a ninguna parte y el trozo de melancolía del picaporte
que nunca más abriría un sombrero azul oscuro a las ocho.
Para llegar así sin saber cómo tan oscuramente tan sin noticias
a mis años reflejados y el espejo ahora con imágenes breves
en estas tardes de tanto invierno largo que se cansa de nevarse
porque ya conoce las sílabas y descifra abecedarios viejos.
Para llegar así bajando la calle una y otra vez y otra vez
y poderme mirar este rostro quieto y no negarme del todo
aunque no era ésto y sea tan intrascendente saberlo ya
como las madrugadas de poemas en la esquina del café.
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